LO DE MENOS, ES LO DEMÁS.

#1. Ella lo empezó a llamar “darling”  tras escuchar aquella canción.

Durante mucho tiempo su nombre se borró y fue sustituido por aquel alias sonoro y familiar. De hecho, tan usual fue ,que al ser pronunciado, al unisono volvÍan la cabeza el y su perro que para nada coincidía con su nombre.

Pasado el tiempo, su musicalidad se fue apagando; y de su boca, que al susurrarlo dibujaba un pentagrama en clave de sonrisa, se fue transformando en burla y risa triste de payaso.

El perro también se volvió sordo.

 

 

 

 

 

 

 

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Todos los dias que esperaba contigo.

bodaeusbiobenita

23 de Febrero de 1952.

Mañana, que tendría que ser un día mas, un día cualquiera, sin embargo va a ser un día distinto. En el imaginario orden universal que estructura la rutina de las personas, el desorden viene dado por la ausencia de una de las dos personas protagonistas de la fotografía. En la incertidumbre de aquel momento, nadie de los que allí estaban, podían trascender la dimensión de lo duradero. Fueron sesenta y tres años. Ahora lo sabemos.

En esa contabilidad, se refleja la oficialidad, la matemática inexorable desde un día de Febrero de 1952 hasta este otro día de Febrero, tan presente y tan lejano.  En realidad fueron muchos más días, y muchos más años. mi madre siempre ha apostillado que tras todos los años de matrimonio con mi padre, se añadían nueve años de noviazgo, y cada vez que lo decía no sabe uno muy bien  si lo declaraba como un logro o una condena. Conociéndola, creo que tras el sarcasmo se escondía la sonrisa de un triunfo ante la dimensión del tiempo.

Mañana va a ser un día extraño. Seguramente, aparte de ella, nadie va a darse mucha cuenta de esa ausencia.  Y eso que desde hace tres meses lo único consistente en su casa es eso.Su ausencia. Y cada vez más evidente.  También vienen a coincidir  estos días, con aquellos otros de hace seis años, cuando mi padre empezó a estar enfermo de una manera que anticipaba ya su decadencia, sin fronteras ni transiciones. En  aquellos ,cuando las brumas empezaban a conquistar su cabeza, su mantra recurrente era el conocer  cuando venia mi madre para irse. Preguntaba  de manera machacona y febril el momento en que ella traería su ropa, se vestiría y se marcharían para casa. Durante los tres meses largos y agotadores del hospital, su angustia y su consuelo, era la figura omnipresente de mi madre.  Cuando la realidad vencía y llegaba mi madre, sus ojos se agrandaban y se le relajaba el gesto y el cuerpo. Recuperaba su ser, y su único afán , era insistir en vestirse para alejarse de allí, que fuera de toda comprensión, era el desconocido lugar donde todos le habíamos llevado para separarlo de ella.

Durante los años posteriores a aquella convalecencia, vinieron otros, en los que el protagonista involuntario iba a ser mi padre. Su enfermedad, nos lo devolvió a casa maltrecho y dependiente, como un niño asustado, como un animal desorientado que busca a su madre.

Y durante todos esos días, en el trajín continuo y erosionante del cuidado del enfermo, del consuelo del iracundo, del desasosiego nervioso, mi padre encontraba paz  cuando mi madre le hablaba, cuando contestaba a sus impetuosas llamadas, tan irritantes, tan agotadoras.

Durante todos esos días, mi madre por defensa   o por incredulidad, negaba la evidencia de la demencia de mi padre. Ella le seguía hablando y afirmaba sin duda que mi padre  la contestaba igual que si hubiera estado hablando con el veinte  o treinta años atrás. Y eso que siempre se ha quejado que mi padre apenas hablaba, que solo hablaba ella.

En aquella soledad compartida, los dos hilaban un  continuo dialogo a voz y media, que llenaba toda la inmensidad fría y desangelada  en que se había convertido esa habitación desde que mi padre volvió enfermo.

Y cuando uno entraba por la puerta y les veía sentados a los dos en aquella mesa camilla delante del televisor, creía que estaba interrumpiendo una discusión o un hablar como tantas otras veces, con aquella fuerza vital que siempre ha envuelto a mi padre. Aquella risa descontrolada, que a partes iguales dibujaban la boca y los ojos de mi padre cuando veía películas de Paco Martínez Soria o Fernán Gómez por el televisor los sábados por la tarde.

A veces en esos momentos que la enfermedad nos engañaba, que parecía que nos lo devolvía, que sus ojos se transparentaban, pensaba uno, que se iba a levantar y empujar esa silla extraña que le acogía, y decir a mi madre…”arreglate que nos vamos”, y ella protestar, y contrariarle diciendo que ya no iba a ningún lado, que ya era tarde. Durante todo ese tiempo desde que regreso a casa malherido, cuando a todos se nos evidenciaba que mi padre se había quedado perdido en algún lugar donde ya no había podido regresar, la única persona que convivía con una normalidad perdida, era mi madre. A pesar de que la requeríamos en que aceptase que mi padre estaba enfermo, que no entendía, que no lograba comprender nada, ella con manera seca y tajante afirmaba aquel “ya lo se”, que desnudaba un no querer saber, un dejadme en paz, no es verdad, os equivocáis todos; estamos los dos juntos y estamos bien. ¿Verdad Eusebio?.

Mañana, hoy, cuando tendría que ser un día más, un día cualquiera, sin embargo va a ser un día distinto. Como tantos otros veintitrés de febrero de otros tantos años, en que ese imaginario orden universal había juntado a dos personas para que permaneciesen juntas durantes sesentaytres años, y nueve años mas de novios, quiere uno pensar que voy a entrar por la puerta de aquella habitación y voy a ver, a pesar de la ausencia, a mis padres juntos. Y mañana, que es hoy, quería de manera apresurada, recordar que es un día más, que voy a ir  a verles como un día cualquiera. Y aunque uno sabe y ve que no es así, cada vez que voy y entro por esa puerta sigo viéndolos  y sintiendolos juntos.

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23 de Febrero de 2014